Las Manos

Carlos Enrique Colón Calado escritor colombiano

Carlos Enrique Colón Calado escritor colombiano

Se tiró sobre la cama sin desvestirse. Estaba ebrio pero aún seguía bebiendo y fumando.

¡Cuarenta años!

Eso necesitó para alcanzar la fama. Detrás de ella vendría el dinero y la consagración.

¡La gloria!

No tenía con quién compartirla ni lo necesitaba. Se río por entre su espesa y revesada barba mostrando unos dientes filosos, como los del tiburón, amarilleados por el licor, el café y el cigarrillo.

Bamboleándose como si estuviera sobre la cubierta de una embarcación encrespada por una tempestad, se dirigió a una mesa repleta de botellas de aguardiente y latas de cerveza. Agarró una solitaria botella de whisky y rellenó hasta el borde su vaso de plástico. Tenía unas manos inmensas, desmesuradas aún para su estatura bastante elevada, un metro ochenta. Parecían gigantescas sapas con gruesas venas azules que querían reventar al menor esfuerzo. Se tiró el licor a la garganta mojando parte de su pelambrera. Tengo todo lo que necesito, se dijo, levantando su vaso en un brindis imaginario. Se detuvo frente a la última de sus pinturas que aún estaba inconclusa: ¡Te maté maldita! Tú puedes ser la puta madre que me parió, la reina de Holanda, la zorra de la esquina, o una monja enclaustrada, para mí todas son la misma mierda. Las luces de neón de su buhardilla flotaban brillando en los charcos de licor que asomaban en sus negros y enigmáticos ojos que miraban extraviados las colosales manos que apretaban el frágil y delicado cuello de una mujer, que desorbitada por el terror buscaba desesperada e inútilmente el aire que empezaba a faltar en los pulmones. Los apenas perceptibles vasos sanguíneos de la garganta femenina, contrastaban con las gruesas ramificaciones de las extremidades masculinas que incrustadas como acueductos irrigaban de vida a los monstruos asesinos. Más que el horror de la mujer con la lengua empezando a escurrirse por entre los labios, hipnotizaban las manos con sus venas a punto de saltar en pedazos, la vellosidad de sus nudillos, y la pulcritud y blancura de las anchas y hermosas uñas.

Quedaban allí cuatro o cinco pinturas más de una colección de veintitrés que expuestas en la galería más importante del país atrajeron enseguida los más grandes elogios de legos y entendidos. Aparecieron en los periódicos artículos de los críticos de arte que no escatimaron loas para el genio de las sombras, como empezó a llamársele, porque en todas las pinturas de manos gigantescas, que parecían caminar en los lienzos, se difuminaban unos temblorosos espectros que daban la sensación de instalarse en el momento en que la mirada tropezaba con los trazos de las acuarelas.

¡La gloria malditos, nadie entrará en ella!

Las mismas manos, siempre eran las mismas manos en todas las pinturas, empuñaban con fiereza una especie de daga que rasgaba hacia arriba el vientre de un hombre que con dolor intentaba contener los intestinos que asomaban tintos en sangre. El rostro del sujeto era idéntico al suyo.

Una tercera pintura mostraba dos enormes tetas acariciadas por las manos. Gozaron par de putas y siguen gozando cabalgando en esos dedos dónde nace el placer, el dolor y la muerte porque eso es la vida.

Se sirvió otro whisky y se tiró a la cama. Perdió la conciencia.

Lo despertó angustiado un murmujear y entre las brumas del alcohol empezó a buscar la causa de su desasosiego. Lo que sus ojos encontraron en el techo de su buhardilla lo dejó espantado: Sus manos corrían por todas partes goteando sangre. Se le habían desprendido de sus brazos que remataban en horribles muñones. Horrorizado quiso gritar y de su garganta todo lo que salió fueron los sonidos guturales de una fiera herida. Intentó levantarse, pero la carencia de sus manos como punto de apoyo se lo impidió. Volvió su mirada desorbitada por el terror hacia las peludas arañas y las encontró cuchicheando muy cerca la una de la otra. Más que murmullos eran susurros los que hasta él llegaban. De pronto bajaron velozmente y cada una tomó un pincel de los muchos que él utilizaba a diario y que se encontraban regados por todas partes. La mano derecha untó el pincel en sangre y escribió en una de las paredes, ¡Borracho! La mano izquierda hizo lo mismo pero en el techo, ¡Hijo de puta! Nuevamente las carreras para reunirse, risas y el murmujear. Se dejaron caer sobre su cuerpo y empezaron a recorrer sus cabellos, su cara, su tórax, y a descender muy lentamente por su vientre hasta encontrar en la entrepierna el mazo de la virilidad que empezaron a frotar con premedita lentitud para excitarlo hasta la exacerbación. Cansadas iniciaron sin ton ni son vertiginosas carreras por las paredes y techos del desván, pintando en un aturdimiento febril: ¡Cerdo asqueroso! ¡Las pinturas no son tuyas, son nuestras! No quedaba casi espacio que no estuviera pintarrajeado por las manos que en un frenesí de locura siguieron por un buen rato emborronando de porquerías lo que podían hasta terminar exhaustas. Por algunos minutos dieron la impresión de que se quedaban dormidas.

Como pudo se tiró de la cama y apoyándose en los codos empezó a arrastrarse hacia  la puerta. Las manos seguían inmóviles y el hombre las oía respirar cuando se detenía a tomar aliento, pues aun cuando la distancia a recorrer no era mucha, resbalaba en su propia sangre que salía a borbotones debilitándolo cada vez más.

Por fin llegó hasta la puerta y frente a ella se levantó intentando hacer girar el pomo con la boca, pero ante la imposibilidad por lograrlo ensayó juntando los codos presionándolo para darle vuelta. Desesperado por el nuevo fracaso y totalmente sin fuerzas lo probaba de nuevo con los labios cuando sintió que dos manos lo agarraban de los cabellos lanzándolo de espaldas brutalmente contra el piso.

Al siguiente día la casera encontró a su inquilino de la buhardilla, tirado sobre un charco de sangre, con una enorme herida rasgándole el vientre por donde asomaban los intestinos. Cerró la puerta impresionada ante tan macabro espectáculo, y empezaba a bajar las escaleras para avisar a la policía, cuando escuchó risas y cuchicheos que la detuvieron en seco.

Entre asustada y curiosa se devolvió y abrió la puerta con cautela. Lo que vio la dejó paralizada con un grito de espanto en su garganta: Por el techo caminaban dos enormes arañas goteando sangre, una de ellas arrastraba una daga.

Carlos Colón Calado.

Escritor colombiano

Un bello libro para niños y para adultos que no pierden esa condición en el corazón.

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