“Cabeza de familia” Láutaro y sus ventanitas…

Un señor se ha levantado a las cinco de la mañana y la señora también. La igualdad hecha realidad. La Señora y este señor madrugan pensando en la misma tarea y en el mismo lugar. Un señor, así como filósofo, para los que creen que la barba va con la filosofía, una barba un poco larga y  desértica afectada tal vez por el fenómeno del niño, y un poco sucia, quizás por la pensadera filosófica, se alista rápidamente para salir, sin antes darle un retoque a sus dos pequeños hijos que tienen que acompañarlo: una pequeña limpieza de ojos, un ligero peinado, pantalones raídos, camisas informales. Dos gomelitos. A la moda juvenil. La igualdad de género tal vez lo lleve a hacer este oficio con sus hijos sin prejuicio alguno, así como de todos los asuntos hogareños. Él es macho contemporáneo y lo puede todo, no necesita protección, es independiente y autosuficiente,  maneja la autoridad de tal manera que el Estado lo considera impermeable. A la mujer le falta algo, hay que protegerla. El hombre debe estar presto a darle una mano. Una ayudita. La señora es negra, entonces con mayor razón. ¡Qué negra bien guapa, esta negra!

" ¡Oh libertad! Y desde allá escondidos en el carro siguen, estas ventanitas infantiles, los acontecimientos como indicando: ese señor podría ser mi padre, cabeza de familia, si sus oportunidades hubieran sido otras ¡y esos niños, nuestros hermanitos para jugar desde las cinco de la mañana! "

” ¡Oh libertad! Y desde allá escondidos en el carro siguen, estas ventanitas infantiles, los acontecimientos como indicando: ese señor podría ser mi padre, cabeza de familia, si sus oportunidades hubieran sido otras ¡y esos niños, nuestros hermanitos para jugar desde las cinco de la mañana! “

Él sale más temprano con sus dos gomelitos, ella espera un poco y registrará que sus hijos queden bien acomodados en el carro. Él no tiene espera. Ella prefiere llegar tarde que ligeramente maquillada. Así que puede dedicarle unos minutos a su belleza. Él ha pagado dos pasajes para acercarse a la notaría, el tercer queda pendiente.

Ella no sospecha qué pasará en la notaría. Este servicio público es eficiente, por lo tanto cualquier descuido es válido. Una tremenda calma, un bullicioso silencio inquieta la diligencia notarial en él. No está seguro si las cosas le salgan bien. De pronto no obtendrá los registros que desee para sus hijos. Muchas cosas le preocupan, menos la seguridad de su bolsillo, de tal manera que ahora está concentrado en la estación del bus, para no alargar el camino a la notaría. Una vez en tierra concentró tanto su mente en la dirección que buscaba, que  olvidaba todo lo demás, hasta sus hijos que a veces perdían su velocidad. La tos que lo acompañaba le ponía el ritmo de sus pasos como si llevara una banda de guerra en sus pulmones. El calor, el desayuno, su diabetes lo hacían sudar como caballo de carreras. Sus zapatos chancleteaban sus pies, ya en los talones, ya en las plantas. Sus hijos, que le seguían unos tres metros atrás, hasta se le reían de los ruidos que  producía al caminar. Él lo sabía y cuando la tos entonaba silencios les respondía con otra risa y de vez en cuando les decía: cuando ustedes estén ancianitos me desquitaré. Su cuerpo se bambolea cual cortina de bambúes movidos por el viento.  Era un día difícil, su vida parecía más rauda que la del resto del mundo. El flaco, a pesar de su movimiento gelatinoso, no mostraba sus preocupaciones a sus hijos. Los brazos marchan armoniosamente como si estuviera corriendo los cien metros planos. Así prontamente, una vez descendieron del bus, llegaron al frente de la notaria. Pararon, él sacó su pecho mientras sus brazos encogidos lanzaba los codos hacia atrás, como diciendo: hemos llegado. Los niños que inmediato se acurrucaron como esperando cualquier expectativa, miraban de reojo  hacia arriba a ver qué ordenes recibían del campeón.  Él como que sólo esperaba tomar un poco de aire y a la vez como esperar a alguien para el sprint final de la velocidad pura, a la manera ciclística.

Cinco minutos después, aparece la negra, ¡guapa negra! Bien maquillada y sin contratiempos. Nada desapercibida para el público. La maquillada no le ha impedido llegar justamente en estos minutos.  Toma sus dos niños de la mano y atraviesa con afán la calle para embutirse en la notaría. El flaco también procede a cruzar la calle al lado de sus hijos. Entran a la notaría, ella por ser mujer y negra es atendida primero que él, haciendo uso de sus derechos legalmente constituidos. Él queda a continuación. La señora realiza su diligencia en una ventanilla. Él, en la número dos. La negra solicita una constancia de separación conyugal. Mientras él ya le está preguntando al funcionario cuánto le cuesta su trámite de divorcio y recibiendo su respuesta: una décima parte del salario mínimo. Baja la cabeza, toma sus hijos de las manos y se retira de la ventanilla. También la negra le ha preguntado al funcionario el costo notarial: nada por ser cabeza de familia. El flaco se acerca a la negra y le dice algo, cosa que de inmediato los negritos se lanzan a la mamá, como celosos, y le preguntan: qué quiere ese anciano y ella le cuenta lo que sucede, y como relámpago unísono los dos morenitos lanzan tremenda miradas a su madre ordenándole que le pague los certificados, le dé para el desayuno y para el regreso: que ella es cabeza de familia y él también y las horas del reloj marcan lo mismo para unos y para otros y que mañana vendrá otro amanecer. Ella ha sido beneficiada por la ley. El flaco ha cumplido con la ley, todo gracias a que ha tenido con qué pagar los certificados. Los negritos agacharon sus ojos, les dieron rápidamente la espalda a los otros dos niños y corrieron y cruzaron la calle abordando su carro, donde se abrazaron y soltaron sus cuerpos en el piso encerrados en la necesidad ajena. El niño miraba serio desde  una ventana, la niña como coqueteando a los dos niños. La negra los seguía con intermitentes  miradas. Ellos, como ahogados en la solidaridad infantil provocada por este episodio, seguían lanzando sus suplicios a su madre, tal que la abocaron a expulsar un suculento suspiro; su semblante lejos de empalidecer o sonrojarse muestra un orgullo maternal; sus ojos crecieron y su cuerpo empinó la cumbre de la más alta cúspide humana.  Muy orgullosa de sus hijos, como implorando la liberación humana, llamó la atención de los clientes de la notaría que dejaron de mirarla como negra guapa, para verla como gran persona. Un murmullo llenó las oficinas, opiniones vienen, opiniones van. Nadie estaba viendo o siguiendo los acontecimientos pero en el momento dado todas las ventanitas estaban abiertas. Todos habían observado todo. Las ruanas, los ponchos, los sombreros, las cachuchas, esponjaron sus alas para acaparar  la dulzura y la confusión del momento. El padre de los niños, no se hallaba, se desconcertó, enrojeció, empalideció, lagrimeó, sonrió sin preocuparse quien lo podría observar, tanto que confundió a la negra que también tomó los colores del señor como si fuera su espejo y las palabras de uno y otra se hicieron sentir por su silencio. Se cruzaban las miradas momentáneamente, la negra se confundía entre mirarse con él o custodiar a sus hijos escondidos en el carro a quienes miraba con ojos engrandecidos simbolizando cómo ellos le han podido abrir una ventanita que tal vez ella nunca había imaginado. La señora encargada del aseo exclamó:  ¡Los niños! Los niños y sus ventanitas nos enseñan que sus cabezas de familia no son pélvicas y para los niños pobres es tan importante el alimento, la salud y la vivienda, tanto para ellos como para sus padres, porque de lo contrario son nuevos huérfanos dispuestos a la venta o a la adopción  como cualquier perrito. ¡Oh libertad! Y desde allá escondidos en el carro siguen, estas ventanitas infantiles, los acontecimientos como indicando: ese señor podría ser mi padre, cabeza de familia, si sus oportunidades hubieran sido otras ¡y esos niños, nuestros hermanitos para jugar desde las cinco de la mañana! Mientras tanto la negra y el flaco en ese confundir de miradas se olvidaron despedirse y cada uno salió a buscar su medio de transporte, tan ignorados e inadvertidos como lo hicieron más temprano.

Escrito por Láutaro (Colombia)

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